| Con fuerte apretón de mano el preseidente de Colombia Juan Manuel Santos y el jefe de la FAR-EP sellaron el acuerdo para poner fin al conflito armado y al grupo revolucionario. |
Todo el
mundo conoció hoy la noticia desde la Habana, Cuba sobre el acuerdo fundamental
entre el gobierno de Juan Manuel Santos y la guerrilla de las FARC-EP sobre el
fin del conflicto, dejación de armas, garantía de seguridad y cese bilateral y
definitivo del fuego. Dios quiera que este sea el camino irrestricto para poner
fin a una guerra de más de cincuenta y dos años de confrontación armada. Donde
el dolor, el sufrimiento, la impotencia, la barbarie, la miseria, el miedo y el
estruendo de los cañones y las metrallas se han apoderado de todo un país.
Porque en todos los rincones de ésta patria bella, la guerra a dejados sus
estalas más profundas.
Ha
llegado el momento del amor, de la verdad, del perdón, de la reparación y de la
no repetición. Ha llegado el momento de demostrar que la paz no es utopía,
donde si es posible construir mundos posibles, donde la sonrisa de los niños es
el reflejo de la tranquilidad de los pueblos. Todo el país debe
abrir sus ojos y ver este proceso como algo bueno y ser optimistas para que de
una vez y para siempre se acabe esta guerra que no nos ha dejado vivir por décadas.
Es verdad que el monstruo del conflicto en Colombia tiene rostro, pero no es el
momento del odio, ni de la venganza, ni del señalamiento, eso es tarea de
Jesucristo, que en su tiempo juzgara a todos los mortales. Nosotros debemos demostrarle
al mundo y a nuestros hijos que el perdón es el camino más poderoso para
alcanzar la paz y poner fin a todo conflicto. Basta ya de seguir matándonos los
uno a los otros, la tierra gime de dolor por tanta sangre derramada. Así como
clamó a su creador cuando se cometió el primer crimen el huerto del edén.
Ha
llegado el ahora de amar al prójimo como a nosotros mismos y reflexionar que
todos en la vida merecemos una primera, segunda...y última oportunidad de resarcir
las cosas. Démosle la oportunidad a la Farc y a todos los alzados en armas de
incorporarse a la sociedad y aportar desde un marco de legalidad la
construcción de una paz duradera y estable. Una paz que genere una
transformación sociocultural de los pueblos, donde las muros de las
desigualdades se caigan, donde se derrumben las oligarquías opresoras y pulule
una sociedad con rostro humano, llena de amor, de valores que sirvan como
plataforma para la edificación de la Colombia soñada, donde si es posible vivir
y ser feliz.
Todos
en Colombia hemos sido víctimas de este conflicto absurdo que por décadas ha
costado la vida de muchos amigos, familiares, conocidos, paisanos y coterráneos
en general. Por lo tanto aprovechamos este logro histórico de poner fin a la
guerra e icemos la bandera del pacifismo, de la reconciliación y levantemos las
anclas que impiden avanzar a la canoa de la paz, para que así lleguemos a
puerto seguro; a un puerto de esperanzas, de oportunidades, de prosperidad, de
tranquilidad y de optimismo.
Es
verdad que hoy son más las voces que quieren la paz y se oye por doquier
el canto alegre del amor, se escuchan júbilos inmarcesibles de bonanza y que
vienen tiempos de refrigerios para esta patria querida. Pero no se debe olvidar
y confundir el silencio de los fúsiles con el fin de la guerra, porque aún
queda mucho por recorrer. Sólo se ha llegado al inicio del camino, ahora resta
transitarlo. Y es ahí donde la institucionalidad del Estado colombiano debe con
austeridad unir todos sus esfuerzos para que el nato de la paz crezca sin
traspiés. La democracia debe ser un aliado en todo este largo camino que le
espera al país. El presupuesto nacional debe sufrir serias modificaciones y
dar prioridad a mantener lo que hoy se ha logrado. Las políticas públicas deben
orientarse a reducir la brecha del desempleo, la pobreza, la miseria, a mejorar
el índice de calidad de vida, el índice de desarrollo humano, a garantizar la
seguridad a alimentaría a esos 14 millones de pobres, a mejorar la red
hospitalaria, a garantizar la salud de millones de colombianos que a diario se
mueren en los centros de salud de todas las ciudades.
Ahora
que se han acallados los fúsiles, se debe aprovechar la coyuntura para empezar
la guerra sin armas contra los flagelos de la sociedad que son los que oxigenan
la violencia en muchos sectores del país. Se debe combatir el hambre, sobre
todo en los más pequeños, se debe combatir la desigualdad, la burocracia
estatal, la oligarquía, las brechas entre ricos y pobres, los obstáculos para
que los más necesitados accedan a una educación de calidad, se debe combatir la
discriminación y el bulín socioeconómico en todos los pueblos, se debe unir
esfuerzos por acabar todo tipo de violencia, para así construir una nación con
rostro humano. Los anteriores problemas ahora deben ser la prioridad no sólo
del gobierno de Santos, sino de todas las ramas del poder, para que por fin
podamos decir como dice nuestro hermoso himno: ¡cesó la horrible noche! y demos
la bienvenida a un nuevo amanecer de paz.
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